GALILEA


Hola, mi nombre es Galilea, tengo casi 18 años y me encuentro en un momento crucial de mi vida, he de tomar una decisión importante.
Para que entendáis de qué hablo, os voy a contar mi historia desde el principio. Con 12 años, ingresé en un centro de protección de menores. El primer día pensé que me iba a morir, no comprendía nada, no entendía los motivos por los que aquella pareja de policías, había aparecido en mi colegio y me había llevado a aquel lugar.

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Al llegar, me presentaron a un montón de gente: niños, educadores, alguien a quien llamaban, la directora, y por último, a dos personas a las que llamaban el Equipo Técnico (ET, en adelante). En ese momento, no sabía lo que ese nombre significaba, pero poco a poco, los compañeros, me explicaron que se trataba de una psicóloga y una trabajadora social que podían solucionar algunas cosas, que hablaban con los niños y con sus familias y te ayudaban a mejorar tu situación.
Yo seguía sin entender nada, qué situación había que mejorar, lo único que yo quería era, volver a mi casa con mis padres.
Los días transcurrían y pasaban los meses y los años. La convivencia con el resto de los niños y niñas era agradable, con sus más y sus menos, claro!. Cada uno tenía sus historias, sus penas y alegrías, pero, en general, solíamos pasarlo bien. Los educadores, se esforzaban en enseñaros mil y una formas de afrontar nuestros problemas, nos daban afecto y disciplina, a la vez, y siempre tenían palabras reconfortantes cuando no teníamos un buen día.
Pero vuelvo sobre esas personas del ET, fui conociéndolas poco a poco, venían a nuestro centro algunos días, otros días estaban en otros centros cuidando a otros menores.
Recuerdo cuando me entrevistaron por primera vez, me hicieron muchas preguntas, terminé llorando. Pero, sobre todo, se mostraron accesibles y preocupadas por mí, por mi familia, por lo que yo quería y por lo que sentía. Hasta ese momento nadie me había tenido tan en cuenta como ellos. Sin embargo, cuando acabó la entrevista, sólo fui capaz de decir que quería volver a mi casa, claro!.
Ellos me explicaron una “palabrota” que después he escuchado muchas veces “DESAMPARO”. Resulta que, lo que yo pensaba que era normal, un padre desaparecido, una madre con escasas habilidades educativas y con dificultades para demostrar afecto, una casa en condiciones de poca habitabilidad, un alto grado de absentismo escolar y una gran confusión, en mi cabeza, entre el bien y el mal, no eran unas circunstancias idóneas para que un niño/a creciera y se desarrollara adecuadamente.
Creedme que cuando pude comparar las condiciones de mi casa, con lo que me ofrecía el centro, empecé a entender que había mejores formas de vida que la que yo había tenido hasta ese momento.
Sin embargo, ellos, el ET, hablaban con mi familia, facilitaban los encuentros con ellos y nos ayudaban, a todos, a tomar conciencia y a aceptar una situación poco reversible en esos momentos.
A lo largo de los años, el ET ha ido varias veces a mi casa, han apoyado a mi familia, y los han ayudado a mejorar sus condiciones de vida para que pudieran ofrecerme un apoyo, al menos emocional y afectivo, asumiendo sus limitaciones para hacerse cargo de la educación de un menor en todo su conjunto.
Recuerdo, cuántas veces se han sentado a explicarles los beneficios de que yo tuviera límites, disciplina, orden, rutinas,… . Y poco a poco esas ideas fueron calando en mi familia y en mí.
Me contaban también, que hablaban con otras personas, unos técnicos que trabajaban en la Administración, con los cuales se sentaban para contarles cómo iba evolucionando mi caso. Y, en ocasiones, actuaban como mediadores entre éstos y mi familia, o entre ellos y yo. Cuando mi familia o yo, les hacíamos peticiones, tras valorarlas y considerarlas adecuadas, se iban a hablar con los técnicos de la Administración y luchaban por conseguirlas (casi siempre lo lograban).
Recuerdo, también, cómo fui creciendo, acompañada de muchos profesionales, de muchas personas preocupadas por mí, pero alejada de mi familia, y eso me entristecía.
Para paliar esta situación, a medida que mi familia fue realizando algunos cambios, comenzaron a permitirnos unas relaciones más amplias, llegamos, incluso, a conseguir pasar algún que otro fin de semana juntos, en mi casa. Mi casa había mejorado considerablemente, con el paso de los años y las orientaciones del ET. Pasábamos, también algunos periodos vacacionales y días festivos juntos, pero luego tenía que volver al centro. Si os soy completamente sincera, hubo un momento que entendí, que por más que quisiera a mi familia y deseara volver a mi casa, ellos no podían ofrecerme lo que yo necesitaba. Y aprendí a valorar el esfuerzo de mi familia por mejorar su situación, y a no juzgarles, ni reprocharles su falta de habilidades. Aprendí a valorar lo que tenía, una familia que me quería y unos profesionales que me estaban sirviendo de sustento y cubriendo todo lo que mi familia no podía darme.
Aprendí a ser feliz y a sentirme afortunada porque un día, la policía me llevara a un centro.
Vi a compañeros más pequeños, que fueron adoptados, otros mantenían relaciones con familias diferentes a las suyas, pero ese no fue mi caso.
¿Que si me hubiese gustado tener la oportunidad de conocer a otras familias?, pues no lo sé, tal vez, por lo que contaban los compañeros, parecía una experiencia positiva, pero, no sé, tal vez por mi edad, o por mi carácter, o por circunstancias que yo no controlaba, no pude acceder a ese recurso.
Ahora echando la vista hacia atrás, agradezco todo lo que hicieron por mí, cuantas personas pasaron por mi vida durante esos años que viví en un centro. Y a pesar de los momentos difíciles, sé que he aprendido y que he madurado más que cualquier otro niño de mi edad. Y eso lo llevo ganado en mi desarrollo personal.
He aprendido a expresar mis emociones, a defender mis derechos, a tener unos hábitos de vida adecuados, a mantener relaciones positivas con los demás, a convivir y a aceptar las diferencias de los otros. Muchas gracias.
Y ahora, volviendo al principio de esta historia, es el momento de decidir. No me da miedo, porque sé que voy a decidir con conciencia y con herramientas suficientes.
Me queda un mes para mi mayoría de edad, el ET, me ha hablado de un recurso que me puede facilitar mi emancipación, un recurso orientado a mi futura vida como adulta.
He hablado con mi familia, podría volver con ellos. Aunque la situación no ha cambiado mucho, hay cosas que han mejorado, y podría adaptarme. A veces, pienso que ellos son mis raíces y que los estaría traicionándolos si no volviera con ellos, ahora que la decisión es mía. Pero, otras veces, pienso que tengo un horizonte ante mí, y que puedo hacer cosas diferentes, para las que necesito un entorno más ordenado, con personas que me orienten en este mundo de adultos que se me viene encima, y que, a pesar de los recursos con los que cuento, me hace sentir pequeñita.
Así que tengo que decidir, entre volver a mi entorno, asumir mi posición en mi familia y mantener un rol predeterminado o reinventarme, evolucionar, crecer y arriesgarme. ¿TÚ QUÉ HARÍAS?.

Victoria Eugenia García Martínez
Psicóloga y Coach.

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