JULIETA VINO A VERME

Llegó a la consulta puntual, como todas las semanas. Siempre, antes de saludarle miraba sus ojos y la expresión de su cara y así sabía en qué momento se encontraba. Tenía momentos de ira, en los que se sentía poderosa, pero era una falsa fortaleza la que sentía, ya que se enraizaba en sentimientos de oposición, resentimiento o victimismo. Otros días, observaba una profunda tristeza en sus ojos, fruto de sueños no cumplidos, frustraciones, sentimientos de estar prisionera, de falta de libertad. Había días, en los que la bondad resaltaba en su cara como una chispa de luz resplandeciente y sentía que estaba cumpliendo con su misión en este mundo. Y, otros días, en los que su cara representaba, fielmente, la ilusión inocente de una niña que acaba de recibir un regalo esperado, y en estos días se sentía poderosa, capaz de enfrentarse a cualquier contrariedad, con recursos y feliz.

Pero, aquel día, no conseguí dilucidar qué ocurría en su interior. Su expresión era ambigua, venía pensativa y con ganas de reflexionar, así que me limité a decirle, buenas tardes, Julieta, ¿cómo te ha ido la semana?

Durante la sesión me comentó:

“Paseando ayer, vi algunos reencuentros entre personas que habían estado distanciadas debido a esta pandemia y me surgió un sentimiento de paz, que después se convirtió en preocupación y, por último, en tristeza. Esa transformación duró sólo unos segundos y el sentimiento que quedó durante el resto del día, fue una abrumadora tristeza. Pensé, y me pregunté ¿a quién saludaría yo así, a quién tengo ganas de ver?

¿Es malo no extrañar a nadie? me preguntó directamente. ¿Es triste no tener nostalgia por relacionarse con otras personas? ¿Soy emocionalmente superior por no necesitar de los demás para vivir o tengo un problema o dificultad a nivel emocional?

Pude observar sentimientos de culpa en ella, a la vez que preocupación por su probable rareza.

“Soy madre y esposa, y tengo cerca tanto a mis hijos como a mi marido, pero incluso ellos y su compañía, a veces me asfixian. Este tiempo de confinamiento, ha puesto más en evidencia una necesidad de libertad que me surge del interior y que me lleva a desear tener alas y volar. Sin embargo, cuando mi barco va a zarpar siento cómo el ancla me frena, bruscamente, y vuelvo a tierra firme”.

¿Qué hay de tus amigos, compañeros de trabajo, el resto de tu familia? Le pregunté.  “Se que están bien y eso es suficiente para mí, no tengo necesidad de hablarles o verlos, cuando lo hago es más bien pura rutina y cumplimiento del deber”. Y en esas palabras había tristeza, pero también cierto orgullo o prepotencia.

Siguió en esta línea, explicándome su deseo de llevar una vida invisible, donde nadie dependiera de ella, ni ella misma. Me contó cómo sus sueños de la infancia le asaltaban algunos días, para recordarle que seguían en la lista de cosas por hacer.  Me habló de la misión encomendada por sus ancestros, un matriarcado muy potente que tiraba de su alma, no sabía muy bien en qué dirección, pero con mucha fuerza, de historias sin resolver, de apariencias que unos días eran más reales y otros días le pesaban en su espalda.

Se sentía diferente, rara, cada vez que escuchaba a unos amigos reencontrándose o diciéndose las ganas que tenían de verse. Cuando sus familiares preparaban con ilusión el reencuentro, a veces, pensaba que fingían, que no tenían vida interior, y que por eso se mostraban superficiales. Y, a veces, se sentía superior y le gustaba esa sensación de no depender emocionalmente de ninguna otra persona. Pero… ¿era eso real?, no siempre era así. Sin embargo, aquel día era esa su realidad y se sentía fuera de la normalidad. Aunque no me quedaba claro si esto era para ella un problema o un orgullo.

En situaciones como las actuales, se presupone una forma correcta de reaccionar emocionalmente, pero las personas, a veces, no somos tan previsibles y surgen emociones diferentes en situaciones comunes. “Pero si te sales de la norma, no es bueno decirlo, no todo el mundo te entiende”, me dijo.  Y volví a ver en su expresión un cierto aire de superioridad, porque, a veces, nos gusta ser diferentes, y siendo diferentes nos sentimos superiores, quizás es por miedo a expresar emociones, por miedo al rechazo, a no sentirnos importantes para los demás… o porque la vida nos pesa.

Hay personas con una alta sensibilidad, y no todo el mundo lo entiende, desde niños hay conductas que pueden parecer exageradas pero lo exagerado es su forma de sentir. Esas personas no se sienten comprendidas, ni siquiera por las personas más cercanas. Por lo tanto, generan una conducta más o menos adaptada y consiguen que sus allegados, aun no entendiéndole, le acepten y le quieran. Pero puede aparecer en ellas, cierto sentimiento de culpa por no cumplir las expectativas, por no reaccionar como los demás, que termina mermando su interior y cada vez se vuelven más hacia dentro.

En su caso, Julieta, que pudiera estar desarrollando algún tipo de patología si la comparábamos con la media, cada vez estaba más girada hacia su interior y sólo salía con su sonrisa al exterior, en determinadas ocasiones. Paradójicamente, esto era lo que necesitaba según me dijo, al finalizar la sesión. “Volver la mirada a mi interior me devuelve una cierta brisa de libertad y en mi interior siento renacer mis alas, pero invariablemente, mis circunstancias vitales me hacen salir y cumplir un papel”. ¿Era ese su aprendizaje?

Salió de la consulta exhausta tras aquella reflexión, pero nuevamente observé ese aire de superioridad en su mirada y dudé si se sentía víctima o ganadora en este mundo loco que nos ha tocado vivir.

Y se despidió diciendo: “en realidad creo que le doy demasiadas vueltas a estas cosas, seguro que todo es más sencillo.  Nos vemos la próxima semana”. ¿Sería ella mi maestra?

Victoria Eugenia García Martínez

Psicóloga y Coach

Publicado por Victoria Eugenia

Victoria Eugenia García Martínez. Psicóloga Sanitaria colegiada AN-04323, Logopeda colegiada 29/1203, Coach Personal CAC de ASESCO 11037 y Formadora.

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