ÁNGELA, ESTA BATALLA NO ES TUYA

Mis padres se separaron cuando yo tenía 11 años. Jamás había visto a mi madre así, tan vulnerable, tan pequeña, tan indefensa.

Sabía que había algo que no iba bien, veía que los adultos me ocultaban información y pregunté e insistí. Me sentía suficientemente mayor para comprender cualquier situación. Lo había intentado, él tenía otros intereses, no quiero entrar en detalles, pero eso estaba arruinando a la familia, emocional y económicamente.

Ella tuvo que tomar una decisión, sus principios y sus valores no le permitían, a pesar del amor que sentía por él, mantener aquella situación, pensaba que no era el ejemplo de padre que necesitábamos.

Cuando me enteré de la historia con todos sus detalles, me arrepentí de haber insistido en que me contaran. Sentí sobre mi cabeza un peso que no podía soportar, era el peso de la responsabilidad, una responsabilidad asumida. Yo conseguiré que él cambie y que ella lo vuelva a aceptar.

Así crecí, con la fantasía de que un día, no muy lejano, mi familia volvería a estar bien, de que un día, mis padres volverían a ser pareja y viviríamos, de nuevo, todos juntos.

A medida que iba entendiendo que mamá y papá, no sólo no estaban juntos, sino que cada vez estaban más alejados, iba apareciendo en mi rostro un gesto huraño, de enfado, y lo volvía a intentar. Y cada nuevo fracaso, mas enfado.

Hoy sé que detrás de ese enfado lo que había era una gran tristeza, en el fondo de esa adolescente de gran carácter, enfadada con el mundo, había una niña que lloraba, que necesitaba a su padre, esa figura de autoridad perdida. Mi madre siempre cubrió la parte emocional, pero era demasiado buena como para ejercer una autoridad con firmeza y sufría cuando yo no entraba a razones y discutía con ella faltándole, en muchas ocasiones, el respeto. Ella, en esos momentos, se hacía más pequeña y se arrepentía de que mi padre no estuviera allí, él sí sabía cómo poner las normas.

El enfado llegó a su punto álgido a los 18 años, ya no podía más, llevaba casi 7 años intentando solucionar el problema de mis padres, y nadie me lo había agradecido. Mis relaciones con los chicos no iban bien, eran relaciones con sentimientos encontrados, dependencia emocional y desconfianza absoluta a la vez, lo que me hacía estar continuamente alerta e irritable, pensando que iban a defraudarme como sentía que él había hecho con mi madre y conmigo.

La relación con mi madre iba de mal en peor, en el fondo, la culpaba a ella por haber tomado la decisión de terminar con la relación y le demostraba ese enfado continuamente, con oposición a sus normas, a su autoridad…

Quería que mi padre viniera con nosotras, quería un imposible, quería que aquello no hubiese ocurrido, quería ser pequeña de nuevo, no saber nada, ser feliz.

Mi vida no podía seguir, me había defraudado a mí misma y a mis padres, no había sido capaz de volver a reunir a mi familia. ¡Qué difícil el mundo de los adultos!

Y ahora, yo iba sin remedio a formar parte de ese mundo, pero en mi interior una niña pequeña lloraba por su infancia robada, enmascarada por una adolescencia que vivía al extremo, con lo que intentaba cubrir el gran vacío que había en mi interior, quizás desconectar de la realidad, no ver, no sentir… Pero esa realidad negada venía siempre a golpear mi puerta para decirme que seguía allí a pesar de mis esfuerzos por evitarla.

El futuro se preveía desalentador, la relación con mi padre no me satisfacía, en la relación con mi madre, pareciera que necesitaba hacerle daño, era mi manera de decirle que yo estaba mal. Y con mi hermana…

Puedo decir que casi odiaba a mi hermana pequeña, ella no había accedido a la información que yo tanto solicité y vivía en su burbuja, la cual yo me encargaba de explotar de vez en cuando, también para que entendiera que yo no estaba bien, que el mundo no era de color rosa como ella sentía… Y después, caía sobre mí la culpa.

Él nunca se había dejado ayudar, y ahora yo estaba haciendo lo mismo, metiéndome en mi coraza de enfado que me permitía defenderme de cualquier otro sentimiento.

Pero ya no más, ya estaba cansada, ella me tendió una mano, y yo que me sentía ahogarme en medio del océano, me agarré y empezamos a caminar juntas.

No sé cómo acabará esta aventura pero hoy sé que da igual lo que hayas vivido, lo que hayas sufrido, hay un momento en el que puedes elegir si dejar de mover los brazos y hundirte, o nadar hacia una nueva orilla.

Esta sí es mi batalla, ahora es mi momento, y lo voy a disfrutar.

Victoria Eugenia

Psicóloga y Coach

Publicado por Victoria Eugenia

Victoria Eugenia García Martínez. Psicóloga Sanitaria colegiada AN-04323, Logopeda colegiada 29/1203, Coach Personal CAC de ASESCO 11037 y Formadora.

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